No encontrar a Dios

Relataba un sacerdote el siguiente cuento: un joven pez se encontró con uno más viejo que él. El pez joven preguntó: -óigame, usted que tiene más años y más experiencia que yo, ¿podría decirme dónde está eso que llaman océano? Lo he buscado y no lo encuentro. Respondió el viejo pez: -el océano es este donde tú nadas ahora. Entonces el joven, totalmente decepcionado por aquella respuesta, comentó: -pero si esto no es más que agua. Y se marchó buscando siempre el océano.

   También el sacerdote hizo referencia a otro relato: cuentan que un muchacho se dirigió al maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje de los sannyasi: “He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres”.

“¿Y lo has encontrado’”, le preguntó el Maestro.

“Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. NO, no lo he encontrado. ¿Y tú?”

   Ante la sinceridad del muchacho, ¿qué podía responder el maestro? En ese momento el sol se ponía e inundaba la habitación con sus rayos dorados. Por la ventana era posible observar a cientos de gorriones que saltaban de una rama a otra en las higueras. Desde el lugar donde estaban se dejaban oír los ruidos que provenían de la carretera. Un zancudo zumbaba en la oreja del maestro, avisando que atacaría. Todo era movimiento y un milagro, como lo es la vida misma. Cómo aquel joven podía sentarse y decir que no había encontrado a Dios y que lo seguía buscando? Decepcionado, siguió su camino en busca de Dios.

   Buscamos a Dios, sin saber cómo encontrarlo.

Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS

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