El aplastante silencio de Dios

   Alguna vez, cuando vemos iglesias repletas de personas cantando y orando, nos hemos preguntado: ¿qué tan cerca está Dios de ese lugar? Ocurre que lo que manda la Biblia es actuar primero, no después, en favor de nuestro prójimo. Luego podemos ir al templo: “Reconcíliate primero con tu hermano”, procurando la comunión y la solidaridad, pero, valga la aclaración: primero. Si no se sigue ese orden, sólo escucharemos el silencio de Dios como una lápida que cae sobre los rituales en el culto: cantos, danzas, plegarias y lecturas bíblicas. Y por mucho que se dedique tiempo a esas prácticas religiosas, Dios hará oídos sordos y su silencio será sepulcral.

   En un reciente artículo escrito por Juan Simarro se plantea que para Dios hay dos cosas que caminan de la mano: el amor y la justicia. En tanto que Él nos amó primero y que su justicia nos libera y justifica, nuestro amor al prójimo es una respuesta al amor del Señor y la práctica de la justicia con nuestros semejantes, es una respuesta a la justificación divina. Por consiguiente, si tal cosa no hacemos, y sólo practicamos un amor mentiroso y una justicia falsa, nuestra espiritualidad y cultos serán vacíos, no tendrán respuesta:“serán escupidos de los oídos de Dios” y Él cerrará su boca.

   Si nuestra voz profética no se deja oír, denunciando la injusticia y hablando a favor del necesitado no estamos actuando como agentes del Reino, sino como cómplices de una religión cómoda que no sigue a Jesús “con sus prioridades, sus valores, sus estilos de vida y voz denunciadora de injusticia”.

   Concluye el autor mencionado, con una súplica: “¿Y nosotros, Señor? Ayúdanos a caminar por tus sendas de compromiso con los débiles y  acercarles tu Reino y tu justicia. Queremos ser tus discípulos. Queremos escuchar tu voz y que no nos aplaste tu silencio”.

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