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FRANCISCO, NIDIA, FELIPE, CARLOS

Han transcurrido casi cuatro décadas, y los recuerdos siguen intactos. Quiero hablarles de algunos hermanos en la fe comprometidos con su pueblo: del hermano Francisco (Chico) Rodríguez, que fielmente se trasladaba desde Masaya, donde vivía, a congregarse en la iglesia bautista en Managua, a la que asistíamos con mis padres; en los años ’70, siendo nosotros adolescentes; de Nidia Escobar López, muchacha menuda y delicada,  miembro activa de la sociedad de jóvenes de la referida iglesia; de Carlos Mejía Ruíz, chavalo dinámico y voluntarioso, formado en las labores de servicio a la comunidad impulsadas por el CEPAD.

Eran tiempos insurreccionales, cuando Felipe Escobar López, hermano de Nidia, nacido y educado en una familia evangélica; dirigía, como segundo jefe del estado mayor de Masaya (el jefe era Hilario Sánchez, “Claudio”) las fuerzas sandinistas en junio de 1979 en aquel departamento. “Jerónimo” era su seudónimo, dos meses atrás había salido de la cárcel, habiendo sido torturado por un jefe militar somocista en el norte del país. El aporte político y militar que dio “Jerónimo”, gracias a su experiencia guerrillera de años, fue de gran importancia en la organización y conducción de los “muchachos”. A pesar del duro golpe perpetrado a sus hombres, por la guardia, en lo que se conoció como la masacre de La Reforma; fue capaz de reintegrarse a la lucha, con los pocos que quedaron vivos.

Simultáneamente con la toma de la ciudad de las flores, se había planificado atacar el cuartel de la guardia en Ticuantepe, y luego se pasaría a emboscar en el kilómetro 14 de la carretera a Masaya al refuerzo militar que enviaría la GN a Masaya. Antes, en un operativo espectacular se había golpeado exitosamente el mismo comando de Ticuantepe. En ese operativo participó jugándose el pellejo, Nidia, aquella muchacha de contextura frágil, que entonces empuñaba el fusil libertario. Ella ya falleció. Consideramos que jamás se le hizo la justicia que una heroína de la patria merece, dado su anonimato obligatorio en misiones posteriores al triunfo revolucionario.

El éxito en todos esos combates se alcanzó por la conducción sandinista, pero no hubiera sido posible sin el apoyo incondicional, creativo y audaz de la población; como ocurrió en Ticuantepe y sus alrededores, así como en los barrios de Masaya, destacándose Monimbò, que con sus combatientes populares hacían acercarse cada vez más el fin de la dictadura. Aquí no podemos olvidar al hermano Chico Rodríguez, el que nos saludaba cariñosamente en la iglesia. Él, dueño de un taller de torno en Monimbò, junto con sus hijos: Moisés, Israel y Elías, desempeñó un papel importante al poner al servicio de la causa revolucionaria morteros que ellos mismos fabricaban y realizando otro tipo de trabajos valiosísimos como enderezar tiros de Fal que se habían deformado en el fragor de los combates, y así pudieron ser utilizados por los combatientes.

Tras cruentos combates en el sector suroccidental de la capital, una escuadra sandinista se había replegado hacia la carretera sur. Carlos Mejía Ruiz era uno de esos guerrilleros urbanos dispersos. Fue así que el joven Mejía Ruiz se acercó de nueva cuenta al CEPAD, al presentarse en casa del jefe de la institución, Dr. Gustavo Parajón, quien lo integró inmediatamente a la atención a los refugiados de guerra.

Francisco, Nidia, Felipe y Carlos, igual que todos esos hermanos cristianos cuya conciencia les empujó a defender con las armas sus ideales por la causa de la liberación de su pueblo, se habrán preguntado y respondido; como también lo hizo ese otro hermano nuestro, el sacerdote Luis Espinal, de quien tanto se ha hablado en los últimos días: “¿Y nosotros? ¿Dónde hemos metido tu Palabra? No hemos saltado a las plazas del mundo (Mt. 10,27), y ahora eres un Dios ausente.”

 

ROLANDO ESCOBAR

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