La señora de la pulpería

 

Antes de las elecciones presidenciales de noviembre, frecuentaba una pulpería del barrio donde vivo. De tanto comprar en ese lugar ya me había hecho amigo de la dueña del establecimiento. Por temporadas ella elaboraba deliciosos platillos y yo los degustaba. Recuerdo los buñuelos y la sopa de queso para la cuaresma. Esta última es costumbre popular comerla en esos días. Era preparada por sus manos, con exquisita cuchara.

   Ocurrió que se dieron las elecciones y mi amiga pulpera estaba muy entusiasmada con el candidato de su preferencia. Hasta llegó a querer persuadirme de que votara por él, indicándome con una señal de mano la casilla de quien ella estaba segura sería el futuro presidente de la república. Dos días después de las votaciones llegué a la venta. Encontré a la señora en un estado de total decepción. Me habló de un supuesto fraude y de cómo ella creía le habían robado su voto junto con el de los otros simpatizantes de su candidato. En medio de la euforia de aquel comentario, alguien que estaba por ahí quiso persuadirla de que yo soy sandinista y que de nada servía siguiera hablando conmigo. La pulpera entonces pasó a aconsejarme para que desistiera de mi supuesta posición política, ya que, según me dijo, era muy malo ser sandinista. Desde entonces ella ya no es la misma, su espíritu parece apagado.

   Eso sí, desde el momento de los resultados electorales, pasara lo que pasara, nunca pensamos en dejar de ser los amigos de siempre, comprendiendo que la política no es lo que nos une, sino la amistad. Sólo espero un día de estos su llamada telefónica entusiasta, no para hablar de política, sino para algo de verdad importante: volver a probar su deliciosa sopa de queso, ahora que estamos en tiempo de cuaresma.  

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