En muchas ocasiones hemos cedido a la tentación de pensar que nuestras prácticas religiosas son las que cuentan como genuinas pruebas de nuestra relación con el Dios en quien creemos. Pero, quizás lo que verdaderamente ocurre es que nos hemos olvidado del amor, el pilar en el que debería descansar nuestra fe.
El templo, la Biblia, el culto pudieran haberse convertido en dioses, cuando no se piensa en el prójimo. Se pueden volver justificaciones para impulsar una religiosidad, la que, por muy buenas intenciones que se tenga, no pasa de ser algo banal y estéril que no da frutos, como se espera.
Cuentan que una fría noche de invierno un viajero pidió asilo en un templo. El hombre temblaba de frío. El sacerdote, encargado del templo, aceptó, contra su voluntad, que el pobre hombre pasara solamente aquella noche dentro del edificio. A la media noche el religioso escuchó ruidos extraños que venían del interior del lugar de adoración. Fue a ver de qué se trataba. Su sorpresa fue grande cuando vio que el forastero tenía encendido un fuego y que faltaba una estatua de madera de Buda. A la pregunta del sacerdote, sobre el destino de la estatua, el forastero le explicó que la había empleado para calentarse porque moría de frío. Entonces el sacerdote le reclamó. Por lo que de inmediato el viajero comenzó a tratar de apagar el fuego que iba extinguiéndose, dejando claro su propósito, que era buscar los huesos quemados de Buda.
Luego el sacerdote le contó lo sucedido a un maestro Zen, quien hizo el siguiente comentario: “Seguramente eres un mal sacerdote, porque has dado más valor a un Buda muerto que a un hombre vivo”.
Una gran lección. Ojalá nunca nos suceda a nosotros.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS