Miles de millones de Euros, como nunca antes se había gastado en dar con el paradero de una partícula; el más grande acelerador de protones de la historia, conocido como La Máquina de Dios; un ejército de diez mil científicos y técnicos, de los más brillantes de Europa y Estados Unidos; y el análisis de billones de datos: fueron los ingredientes necesarios para descubrir el bosón de Higgs, que es la partícula que brinda su masa a todas las demás, y que no proviene de las partículas mismas, siendo el intermediario presente en todas partes del universo que hace que las partículas tengan masa.
Dada su importancia, al bosón de Higgs se le llamó La Partícula Dios, y últimamente los medios de comunicación, para proporcionar más realce en sus noticias, lo nombran La Partícula de Dios; ese nano corpúsculo responsable de que se formase materia en algún punto, inmediatamente después del “Big Bang”, o sea, de la gran explosión que se supone dio origen al universo.
El tema puede resultar complicado y apasionante a la vez. La necesidad que han tenido los científicos por investigar sobre La Partícula Dios estaba basada en que por años, según ellos, han experimentado un vacío, una incertidumbre que era algo cercano a la ignorancia que hace pensar que todo es una nada flotante y ociosa.
Si bien, aún no se tiene absoluta certeza de la existencia del bosón de Higgs, sin embargo, hoy se cuenta con una sólida evidencia. Cabe en este momento hacerse la pregunta que se formulaba el descubridor del electromagnetismo Michael Faraday: ¿para qué sirve un bebé recién nacido? A lo que podemos responder: El tiempo dirá para qué sirve. Quizás sólo se trate de tener el gusto de haber dado existencia a ese bebé. Tan sólo eso.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS