Los ricos religiosos creen tenerlas todas consigo. Predican sobre la importancia del dinero. Es más, transmiten un mensaje en el que su dios parece manifestarse con más fuerza en lo económico (esto es la doctrina de la prosperidad). Le restan importancia a los problemas de diferente índole que atraviesan sus hermanos más pequeños, esos que mueren por no tener ni una pequeña parte del dinero que ellos tienen.
El rico religioso es muy devoto en sus prácticas, pero en su religiosidad busca su propio beneficio (sus negocios, sus hijos, sus enfermedades.) Ya desde el siglo IV, Basilio, un extraordinario cristiano, observaba el comportamiento de quienes practicaban esa religión egoísta, exhortándolos a sensibilizarse por los pobres.
En una homilía que ofició predicaba con vehemencia: “Yo sé de muchos que ayunan, hacen oración, gimen y suspiran, practican toda piedad que no suponga gastos, pero no sueltan un centavo para los necesitados. Y ¿de qué les va a servir toda esa piedad? ¡No se les admitirá en el reino de los cielos!”. Y continuaba diciendo que lo que les entristece a esos religiosos acaudalados son aquellas palabras: “vende cuanto tienes”. Basilio reflexionaba acerca de que es tanta su opulencia, que uno solo de sus anillos podría sacar de sus deudas a los pobres, una sola de sus arcas de vestidos vestir a un pueblo entero que tiembla de frío.
Y concluía: “¡Y aún dices que tú también eres pobre! Pero yo te doy la razón. Porque pobre es el que necesita muchas cosas. Y a ustedes los hace necesitados lo insaciable de su codicia. (…) ¿Hasta cuando habrá riqueza que sea causa de guerras, por la que se fabrican las armas? (…) La riqueza es auxilio para la vida ¿Por qué la hemos hecho instrumento de males, ocasión de perdición?”.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS