Thomas Merton fue un monje trapense, escritor contemplativo y poeta. Apoyó causas como el pacifismo y los movimientos antirracistas. Estuvo siempre abierto al ecumenismo, por lo cual mantuvo diálogo y amistades con líderes espirituales como D.T. Suzuki, la mayor autoridad Zen para occidente, y con el Dalai Lama.
Ernesto Cardenal, amigo de Merton, lo describía como un monje ermitaño que elaboraba cerámica de barro, estudioso en solitario, escribía poemas para la iglesia y un tipo de poesía personal e intimista. En sus contemplaciones lograba observar lo fabulosa que es la vida: árboles, pájaros, nubes, borrascas, colores, olores, atardeceres opacos y amaneceres luminosos, todo lo cual le transmitía un profundo amor que lo embargaba de emoción hasta las lágrimas.
A ese hombrecito sencillo que hablaba y sonreía como niño, su sensibilidad espiritual le permitía compartir ideas como éstas: “Si quieres saber quién soy yo, no me preguntes dónde vivo o lo que me gusta comer o cómo me peino. Pregúntame, más bien, por lo que vivo, detalladamente, y pregúntame si lo que pienso es dedicarme a vivir plenamente aquello para lo que quiero vivir (…) El hombre se define por lo que busca. O por lo que no busca. Jesús obliga a enfrentarse con uno mismo, y aclarar sus motivaciones últimas que estimulan y dinamizan su seguimiento. Y es que también existen opciones espurias que no se corresponden con lo que Él pide. Las preguntas de Jesús aguijonean las respuestas”.
Y en una de sus oraciones más conocidas decía: “Dios, Señor mío, no tengo idea de adónde voy. No veo el camino delante de mí. No puedo saber con certeza dónde terminará. (…) confiaré en ti, aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte. No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros. Amén”.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS