La esperanza, la fe y el amor

Cuando se habla de que “otro mundo es posible”, dice el teólogo José Comblin que recuerda lo que comentaba una vez una indígena guatemalteca: “ese otro mundo ya existe, pero escondido en medio de los pobres”. Ocurre que muchas veces la iglesia se ha olvidado de ese mundo, el de los pobres, para practicar una religión burguesa que sostiene e impulsa las prácticas religiosas de los poderosos, los privilegiados del sistema, basada en la injusticia de esos que dominan a sus hermanos empobrecidos.

   Si fuese una iglesia que se interesara por los pobres su propuesta sería otra y viviría en el mundo de ellos para darles esperanza. En una entrevista que le hicieron al teólogo Comblin, mencionaba lo que dejó escrito en su testamento un profesor de Historia en la Universidad Gregoriana: la Iglesia Católica (y algunas iglesias evangélicas) son como un castillo medieval, rodeado de agua; el castillo tiene un puente, pero lo han levantado y han cerrado la puerta, han tirado la llave, se han encerrado dentro y ya no pueden cambiar”.

   El reto es que la iglesia conozca la cultura de sobrevivencia de los excluidos de la sociedad, se meta ahí en sus relaciones sociales y comunitarias y se solidarice con ellos; y así asuma una responsabilidad desde el punto de vista cristiano ante esa realidad.

   La esperanza no se debe perder. Esperanza en que ese otro mundo es posible y que estamos llamados a construirlo aunque se tenga que pasar por la cruz, donde la fe, esa que nos hace confiar en nuestras propias capacidades, y el amor que es nuestra principal vocación y lo único que permanece; sean los motores que generen el cambio que parta por vernos los unos a los otros como hermanos al servicio, sobretodo, de los más necesitados. 

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