En este mes de celebración de la Reforma Protestante, pensamos en el lema “Ecclesia reformata, semper reformanda”. No hay nada más real que reconocer que en nuestro tiempo muchas veces esa constituye sólo una consigna acogida por los protestantes, otorgándoles identidad, sin que ocurran los cambios necesarios en una iglesia repetidas veces visible como una institución acomodada hasta convertirse en esa que calla ante la injusticia y se niega a anunciar el Nuevo Reino que ya ha comenzado a nacer entre nosotros.
Lutero aspiraba a algo muy distinto cuando colocó en la puerta de Wittenberg sus famosas 95 tesis, como componentes importantes del formidable movimiento que se conoció como Reforma Protestante. Allí nació el desconocimiento de la autoridad dogmática del Papa, el laicismo estatal y la tolerancia religiosa.
El monje agustino decía que la venta de Indulgencias era un verdadero secuestro del evangelio. Algunas iglesias protestantes de nuestros días se procuran el éxito, buena cantidad de fieles y jugosos ingresos monetarios. Por consiguiente, eso de “Semper reformata”pareciera no tener una pizca de importancia para los pseudolìderes que han hecho del evangelio una manipulación, un show dentro de los templos, ofreciendo prosperidad a diestra y siniestra. No les caben los títulos, tienen que inventárselos: apóstoles y profetas. Hacen creer que son los correctísimos ungidos, cuando son simples adoradores de sí mismos.
Todo profeta se resiste a aceptar lo que se ha dictado como verdad, y propone desde su interior, aunque se sepa solo, a partir de acciones, por muy pequeñas que sean, acoger el Reino de Dios; Reino que los pobres reciben con alegría.
Martín Lutero, con voz de visionario y profeta, título que a él sí le calzaba; hablaba así: “El Evangelio debe ser predicado libremente, y no vendido”.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS