“Calladito te ves más bonito”, “Las calles también son nuestras”, Tus piropos no me gustan”: fueron lemas que hace dos semanas enarbolaron mujeres del municipio de Chinandega durante una actividad en la que además quemaron un ataúd en representación del acoso callejero. Algunas muchachas denunciaron el acoso que sufren por parte de hombres en el parque central de aquella localidad.
El acoso callejero es una forma de acoso sexual que se da en espacios públicos, y va desde un silbido, un piropo que incomoda y que puede llegar a intimidar a una dama, una frase vulgar; hasta el manoseo, exhibicionismo, persecución o agresión física. Una mujer no debe pagar un precio por ser mujer.
Según algunos estudios, entre el 80 y el 90 por ciento de las mujeres han sido acosadas en la vía pública. El acoso callejero es una relación de poder, en la que el hombre hace sentir vulnerables a las mujeres. Ante esa demostración de poder masculino se supone que la mujer debe permanecer callada porque sino la situación se tornaría peor.
Culturalmente el acoso callejero ha sido aceptado, pero produce impactos negativos en la mujer al no querer transitar sola por determinadas calles o permanecer en algunos espacios públicos.
Se dice que cada adolescente o joven recibe al menos doce piropos obscenos al día. En la marcha en Chinandega se denunció que el municipio de El Viejo tiene el más alto índice de violencia y abuso sexual. En todo el país se reconoce que una de cada tres mujeres sufre violencia y que el 70 por ciento de las mujeres han vivido alguna vez en carne propia la violencia física.
Por todo esto, la marcha de Chinandega es un primer paso para detener el acoso en las calles porque las calles también son de las mujeres.