Hace unos días escuché una prédica en la cual la expositora se refería a que lo que nos debe mover es el amor, únicamente el amor. Ocurre que en algunas iglesias lo que menos florece es el amor y se le da más puerta al egoísmo, por consiguiente a los asuntos personales.
Decía un sacerdote católico que para conocer el amor necesitamos liberarnos de algunos pensamientos y acciones destructivas. Uno de los grandes males que padecemos es el enfado. Nos enfadamos porque nos volvemos exigentes. Cuando dejemos de ser exigentes veremos todo esto con claridad, observaremos que el conflicto se origina de nuestras insatisfacciones e intolerancia para con nosotros mismos. El Señor nos manda a tolerarnos. “Sean tolerantes los unos con los otros, y si alguien tiene alguna queja contra otro, perdónense, así como el Señor los ha perdonado a ustedes”. (Colosenses 3:13.- Versión Lenguaje Actual). Entonces, ¿cómo voy a tolerar a mi hermano, si ni yo mismo me soporto? Mi vida se resume en una serie de exigencias todo el tiempo para conmigo y las otras personas; convirtiéndome en un completo insatisfecho, y hasta en un tipo peligroso, porque mientras no me de cuenta de lo serio de mi problema, sufriré yo, sufrirán quienes me rodean. Seré un fariseo intolerante.
¿Cuál es la solución para que en nuestras casas, comunidades e iglesias podamos reflejar el amor? El secreto está en que nos liberemos de las cadenas de la intolerancia, comenzando por cansarnos de tanto sufrir. La liberación de la que hablamos la encontraremos dentro de nosotros mismos.
Y en este proceso de liberación que hemos iniciado, nos vamos despojando del egoísmo, las riquezas, el éxito, el prestigio que a nada conducen. Vamos encontrando la clave para amarnos nosotros mismos y a los demás.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS