Cuando Pablo dejó de guiarse por la inconsciencia, por la religión–que es lo mismo que decir por el fanatismo–vio la realidad, y cayendo del caballo, fue sorprendido por la luz. Antes de eso, él creía hacer lo correcto: respiraba amenazas y muertes contra los discípulos del Señor. A todo lo que hacía le ponía convicción, empeño y entusiasmo, por muy crueles que fueran sus acciones. Lo que le ocurría a Pablo era que no conocía la realidad. Por tanto, estaba lejos de experimentar sensibilidad por los demás.
¿Cuántas veces hemos necesitado en nuestras vidas una experiencia como la de Pablo, cuando creyendo en nuestras propias programaciones religiosas, perdemos la sensibilidad para con nuestros semejantes, convencidos plenamente de que hacemos el bien? Toda nuestra práctica no debe provenir de una religión, sino de nuestra sensibilidad humana. Ya es de sobra conocido que gran cantidad de matanzas y guerras a lo largo de la historia nacen de las creencias religiosas. Mucho de lo que acontece en el mundo, en materia de injusticia, tiene su origen en la estrecha relación entre la religión y el poder.
¿Por qué nos cuesta caernos del caballo y despertar a la luz de la verdad? Porque nos identificamos con una religión que lo único que ha hecho de nosotros es endurecer nuestros corazones. Cristo no se dejó programar por religión alguna. Todo lo contrario, fue siempre impredecible y realista. Predicaba con la vida, lo cual lo llevó a comprometerse con los más necesitados. Esto asusta, hasta en nuestros días, porque representa un reto para cada uno de nosotros.
El reto que nos plantea Jesús es que al caernos del caballo despertemos a la luz de la verdad; entonces seremos libres, valientes, sensibles, comprometidos con los demás e impredecibles como Él lo fue.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS