Seferino

En días recientes conocí un niño de siete años. Vamos a llamarlo Seferino. Desde que se le vio por primera vez en compañía de su mamá y su hermana de cinco años, deambulaba por algunos poblados en Matagalpa.

   Fue un día que la madre de Seferino llegó con sus dos pequeños, pidiendo comida a casa de una amiga mía, cuando la vida del muchachito comenzó a cambiar. Al ver la triste escena, mi amiga le pidió a la pobre mujer le permitiera llevar al niño al centro de salud de la localidad para que lo desparasitaran y le pusieran sus vacunas. La madre aceptó, con el compromiso de pasar al día siguiente por su hijo. Cuando hubo regresado, y al ver la disposición de Seferino de quedarse con mi amiga, pues dijo que ya no quería seguir caminando sin rumbo, su madre decidió dejarlo en aquel hogar.

   Hoy Seferino va a la escuela. Es el mejor alumno en primer grado, a pesar que nunca antes había estudiado. Es muy servicial. Cumple sus obligaciones en casa y tiene un espíritu alegre que se le nota en su risa permanente. Todos los días ora porque le vaya bien a su mamá, pidiéndole al Señor, a quien nombra Señorito, la guarde y la proteja.

   Seferino se siente bien y expresa con madurez que ya no quiere volver a la vida de antes y que lo que necesita lo tiene en la nueva familia que Dios le ha regalado.

   Recuerdo la vez que lo vi por primera vez. Me recibió en la que hoy es su casa con una risa con ventanita pues está mudando dientes. Yo me di cuenta en ese momento que observar el gozo de Seferino no tiene precio ya que es una bendición para todos los que lo conocemos.

Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS

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