«Que su Recuerdo no nos deje descansar en Paz»

 El 16 de noviembre de 1989, en el recinto de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador, fueron asesinados los sacerdotes jesuitas: Joaquín López y López, Amando López, Ignacio “Nacho” Martí-Barò, Segundo Montes, Ignacio Ellacuria y Juan Ramón Moreno Pardo; cuyo único delito fue dedicarse a la investigación y enseñanza, y seguir las actitudes y el mensaje de Jesús. Con ellos fueron asesinadas también las domésticas Julia Elba Ramos y su hija, Celina Ramos (de quince años).

   Bien describe Jon Sobrino a sus hermanos sacerdotes: “Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús. Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. “Hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”. Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente”.

   A 23 años de distancia, la memoria de estos hombres y mujeres nos llama a seguir su ejemplo: luchar porque el pueblo crucificado sea bajado de la cruz, ese siervo doliente de Yahvè, el que carga con un pecado que lo mata poco a poco; nos llama a llevar la buena noticia, “dejar que los pobres sean nuestra buena noticia”. Que la paz de aquellos ocho mártires del pueblo salvadoreño “nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz”

Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS

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