El pasado lunes, 7 de enero, la larga espera para saber quién es el mejor jugador de fútbol del planeta en 2012, había terminado. El nombramiento fue para el argentino Lionel Messi. Con el premio Balón de Oro, para la pulga Messi, se estaban destacando entre sus cualidades: sus extraordinarios resultados, tanto individual como colectivamente, su categoría como jugador, talento y juego limpio, su carisma y todo lo que comprende el conjunto de su carrera.
Los votantes, seleccionadores y capitanes de los equipos que conforman la FIFA y 96 periodistas de varios países, encontraron suficientes méritos para que Messi se alzara con un 41,6 por ciento de votos por encima de Cristiano Ronaldo y Andrés Iniesta. Al recibir el premio, Messi, muy nervioso, por cierto, se estaba convirtiendo en un mito del fútbol, en vista que ha sido el primer jugador en la historia de este deporte en ser nombrado cuatro veces como el mejor entre los mejores; superando a grandes futbolistas que han sido premiados de la misma manera en tres ocasiones: los holandeses Johann Cruyff y Marco Van Basten y el francés Michel Platiní.
Fue el mismo Cruyff quien, refiriéndose a Messi dijo que “nunca juega mal”. Pareciera que anda por el campo distraído, arrastrando los pies, a veces como un falso 9, y, de repente, acelera, electriza el aire y salta la magia, el talento y magnetismo que hace vibrar a millones de aficionados en todo el mundo.
Este pequeño futbolista argentino de 25 años, el más laureado de todos los tiempos, el devora récords; seguirá sumando aficionados, estremeciendo estadios, gracias a su magia y al más hermoso de todos los deportes, según sus fanáticos: el fútbol.