“Yo le he pedido a Dios: ‘Tenme compasión; devuélveme la salud, pues he pecado contra ti’”: era el versículo de Salmo 41 que un amigo muy amado acababa de leer en su lecho de enfermo en el hospital. Horas antes había escuchado de la voz del médico la noticia dolorosa sobre su enfermedad, noticia que a cualquier persona podía hundir en una profunda depresión. Por consiguiente, esperaba encontrarlo, destrozado y al borde de la desesperación. Mi sorpresa fue mayúscula al observarlo de buen ánimo y en perfecta armonía, transmitiéndome mucha inspiración.
¿Cómo era posible que mi amigo, diagnosticado con una enfermedad grave, se sobrepusiera de la manera más inesperada, superando dolores y otras manifestaciones clínicas propias de la patología que padecía? Él mismo me dio la respuesta. Compartió conmigo el gozo de sentirse tan cerca del Señor en esos momentos. Me acabó pastoreando, a mi que se suponía llegaba para pastorearlo; buscó pasajes en la Biblia que sabía de memoria. Su fortaleza espiritual y su fe se hacían sentir por toda la sala donde permanecía, junto con otros pacientes, muy debilitados, por cierto.
No tengo duda que mi amado amigo habrá orado más o menos así: “Te doy gracias, Señor, por haberme revelado el misterio del dolor humano. Bendice a todos los que sufren como yo. Señor, si tú quieres, puedes sanarme”. Entregado a su proceso de sanación, que pasa por resolver los conflictos que ha llevado consigo por largos años; con la fe que irradiaba, antes de marcharme no pasó por alto recordarme al salmista cuando dijo: “En cuanto a mí, en mi integridad me has sustentado, y me has hecho estar delante de ti para siempre. Bendito sea Jehová, el Dios de Israel, por los siglos de los siglos. Amén y Amén”.
Dr. Rolando Escobar – ASÍ PENSAMOS