Los médicos y enfermeras se volvían locos en el hospital San Vicente de León. Tenían que hacerle frente al cuadro dantesco que se les presentaba: la entrada del centro hospitalario llena de heridos, tirados en el suelo; en vista que no hay camas, ni cuartos, ni plasma. Rolando Avendaño Sandino pide por Radio Atenas donar sangre. Es lo que relata el historiador Chuno Blandón acerca de los acontecimientos alrededor de la masacre perpetrada por la Guardia Nacional contra estudiantes en León, el 23 de Julio de 1959.
Horas antes el pueblo leonés se había solidarizado con aquellos estudiantes universitarios, con ellos también los de secundaria, quienes acudieron a la convocatoria de la dirigencia estudiantil para protestar por la masacre reciente del Chaparral y exigiendo la liberación de compañeros de clase detenidos.
Formados en tres filas, el batallón blindado de la Guardia recibió del mayor Anastasio Ortiz Ramírez la orden de disparar sus M1 y Garand contra los marchistas, los que fueron cayendo hasta contabilizar 43 heridos y 4 muertos: José Rubí, Mauricio Martínez, Sergio Saldaña y Erick Ramírez. La ira popular se desató. León no durmió esa noche. Sonaron los tambores de Sutiava. Los cuatro féretros están en el paraninfo, mientras la multitud aguarda afuera. Hay estado de sitio. En el balcón del paraninfo los oradores toman la palabra. Humberto Sotomayor estremece a los oyentes al pronunciar: “¡Maldita la hiena que parió a ese par de cachorros criminales!”, haciendo alusión a la madre de los Somoza. Luego sale una gigantesca manifestación popular, que al pasar por la casa del mayor Ortiz la asalta y prende fuego.
Los puños cerrados de la multitud anunciaban nuevas jornadas, comprometiéndose con el ejemplo de lucha de los caídos, esos heroicos estudiantes nicaragüenses que enseñaron el camino de la participación estudiantil revolucionaria.
Dr. Rolando Escobar- ASÍ PENSAMOS